Epic of a seed by Diana del Ángel/ Épica de la semilla por Diana del Ángel

Collage by Corinne Stanley / Contact: cjstanley22@gmail.com

ACERCA DE DIANA DEL ÁNGEL

Diana del Ángel es escritora y defensora de derechos humanos. Doctora en Letras con la tesis Cuerpos centelleantes. La corporalidad en la obra poética en la obra de Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa y Margarita Michelena. Ha publicado Vasija (2013), Procesos de la noche (2017), Barranca (2018) y artículos en diversas revistas y medios digitales. Miembro del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea desde octubre del 2016. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2010 a 2012 y del FONCA, en su programa de residencias artísticas. Obtuvo la primera residencia de creación literaria Fondo Ventura/ Almadía. Desde 2002 hasta 2017, formó parte del taller “Poesía y silencio”. Algunas de sus traducciones del náhuatl al español han sido publicadas por la revista Fundación. Recientemente fue seleccionada para formar parte del IWP (International Writing Program), a realizarse en la Universidad de Iowa en 2021.

ABOUT DIANA DEL ÁNGEL

Diana del Ángel is a writer and defender of human rights. She holds a Doctorate in Spanish with a concentration in the poetic works of Rosario Castellano, Enriqueta Ochoa, and Margarita Michelena. She has published Vasija (2013), Procesos de la noche (2017), Barranca (2018) as well as in diverse magazines and digital media. Del Ángel has been a member of the Seminario de Investigación en Poesía Mexicana since 2016. She held a scholarship in the Fundación para las Letras Mexicanas from 2010 to 2012 and in FONCA, a program for resident artists. From 2002 to 2017 she formed part of the workshop “Poesia y silencio.” Some of her translations from Náhuatl to Spanish have been published in the magazine Fundación. Recently she was selected to participate in the prestigious International Writing Program at the University of Iowa, Fall 2021.


Épica de la semilla

Lo que sobra es tiempo, me dije,
debajo de estas múltiples capas
de firmes células palisades y protector ácido palmítico; al resguardo del pretoriano aceite de colza
ningún hongo me aquejará, lo sabía.
Si alguna bacteria lo intentó,
se perdió en el microscópico laberinto
del escolta pericarpio que me envuelve.
Soy una fortaleza minúscula, pero infranqueable. Tiempo es lo que me sobra, me dije.
El Holoceno apenas comenzaba.

Me sumí en un sueño no sueño
entre almidones y azúcares varios, poliinsaturado y dulce reposo de siglos. Cálidamente dormí,
sola e impenetrable,
segura siempre.

No estaba lista entonces. Nunca temí perecer mientras. Esperar es mi arte.

El Holoceno apenas comenzaba:
en la India los reyes escogían el granito para preservar sus fortalezas, los árabes derrotaban a los bereberes
y arribaban a la península ibérica,
un complejo volcánico hacía erupción
al otro lado del globo
y el latín estaba desplazando al griego
en una porción de mundo que desconozco.

En mi sueño no sueño
presentí los temblores por venir,
sospeché las galerías cavadas por las incansables lombrices y el tiempo fue la música de las hojas al caer.
Escuché a los monjes ir y venir,
agacharse,
recolectar un fruto,
sembrar sus intenciones,
y alejarse con sus mantras entre labios,
que el Buda de Jade escuchó
sumido en su reinado de piedra.

En mi sueño no sueño
me soñé ser niña y guerrero al mismo tiempo, me soñé árbol, cactácea y elefante,
me sentí paladeada entre arroces sazonados por la cúrcuma, vi mi rizoma, en polvo y en la cantidad adecuada,
detener el sangrado en la nariz de un niño
y aliviar el dolor del estómago de un viejo.

Imaginé mi suerte inflorecida,
vuelta harina para el pan de una familia;
me soñé otra vez humana, estrella, mosca simple y eterna.

Soy la flor sagrada entre lo sagrado
porque en donde Buda niño dio sus primeros pasos nacieron mis ancestras.

En mi sueño no sueño sentí
cómo las aguas del lago Xiopaci
se sumieron en un viaje sin retorno hasta el centro del planeta, en su lugar nació una capa de tierra:
me acurruqué en el tibio polvo.

Y sentí cómo llegaron los manchures con su ajena lengua, cómo los expulsaron y cómo volvieron.
Sentí pasar la guerra ruso-japonesa por encima.
Escuché a lo lejos el mar: su rumor,

que no sentiré en la cáscara
y que mi labor de semilla nunca penetrará en su ascenso por la luz. Sentí, pues, que casi me llegaba la hora.

Desperezarse de un sueño tan profundo no es difícil para quien lleva toda la vida esperando.

El lado oculto de la espera es la reacción.

Sentí la presencia de Ichigo Oga, cuidador de lotos, y supe que mi hora estaba cerca,
no hay plazo que no llegue
ni caos que no amanezca.

Él me llevó entre las muestras recolectadas,
corría el año de 1951,
la tierra en que dormía se llamaba ahora Pulandian,
en la provincia de Liaoning, China,
antes de que Mao decretara hacer cultivable mi cuna, mucho antes de que se convirtiera en centro turístico.
El Holoceno continuaba:
los reyes de la India habían muerto,
los árabes habían sido expulsados de la península ibérica, el complejo volcánico dormía al otro lado del globo
y dos siglos antes, Linneo me había rebautizado Nelumbo nucifera
en una lengua no más hablada
en esa porción de mundo que desconozco.

Eso apenas fue el principio

de mi pausado camino a la luz.
Dr. Lotus me entregó a la doctora Mary Beth. Supe entonces que mi tiempo se acercaba.

Conocí el mar y Estados Unidos;
conocí es un decir, porque seguía en mi sueño no sueño. Fui transportada en un contenedor de vidrio,
envuelta como piedra preciosa
entre gasas y algodones desinfectados.
Viajé kilómetros y kilómetros por tierra y aire
volé por encima del agua,
lo sé, es un decir, pero, ahora que mi tiempo casi llega, déjame sentir total agente de mi historia.
Volé, decía, por encima del mar Atlántico,
del sueño chino al sueño americano,
de mi sueño de semilla al de los dreamers porvenir.

Mentiría si te digo que fui a Hollywood,
en cambio, conocí muy bien el laboratorio donde hombres de bata blanca me pusieron sobre el lago más patético que haya visto. Una especie de contenedor metálico cuadrado del que caía un chorro de agua.
Nos aventaron a varias semillas
solo algunas flotamos:

aprobé contenta el buoyancy test.

Después tomaron,
con precisión y cuidado,
una pequeña parte del pericarpio que me envuelve. Me sentí defraudada
al ver con qué facilidad
cortaron mi férrea frontera
de capas impermeables y ácido palmítico.
Una suerte de espada mínima y filosa
traspasó mi verde carne;
el espectrómetro molecular arrojó:
1288 años radiocarbono.

¿Qué son años?

Entonces mi plúmula sintió el llamado,
es un decir,
quiso la luz,

más exacto,
se abrió paso entre los cotiledones.

Quiso la luz del sol,
pero también la de la cámara que me fotografió:

flor pura transparencia rosa, para una revista importante antes de que mi día se agotara.

Casi 3 mil años esperando a que las condiciones fueran propicias. Atravesé mi membrana,
dos continentes, el mar e innumerables puertas.
Ante el asombro de los científicos,

crecí robusta,
así dijeron: “robusta”.

No estuvieron los monjes para celebrar mi fugacidad
en su lengua perfecta y sagrada,
pero quizá me contemplaron,
junto con Buda y los millones de lectores de Life, página 60, entre un anuncio de ollas de vidrio forjado,

que preservan mejor los alimentos,
y otro, de relojes eléctricos,
adaptables a cualquier parte de su casa.

Epic of the Seed

Time is on my side, I said to myself,
underneath those multiple layers
of firm palisade cells and palmitic acid protector,
to the coating of the pretorian rapeseed oil;
not one piece of mold will affect me, I knew this.
If any bacteria attempted,
it would be lost in the microscopic labyrinth
of the pericarp escort surrounding me.
I have miniscule strength, I am impassable.
Time is on my side, I said to myself.
The Holocene had just begun.

I fell into a dream-not-a-dream
among starches and a variety of sugars,
polyunsaturated, a sweet repose of ages.
I slept warmly
alone and impenetrable,
always safe.

I wasn’t ready yet.
Meanwhile I never feared perishing.
Waiting is my art.

The Holocene had just begun:
In India the rulers chose granite to preserve their fortresses.
the Arabs defeated the Berbers
and they reached the Iberic Peninsula,
a volcanic complex erupted
on the other side of the globe
and Latin displaced Greek
in a remote area of the world I’d never heard of.

In my dream-not-a-dream
I foresaw that earthquakes were coming
I intuited the tunnel galleries carved by tireless worms
and time was the music of falling leaves.
I listened to the monks coming and going
bent over
picking fruit
seeding their intentions
and distancing themselves with mantras humming
between their lips
that the Jade Buddha
sunken in his kingdom of stone could hear.

In my dream-not-a-dream
I saw that I was both a child and a warrior,
I dreamt tree, cacti, and elephant,
I felt savored among fragrant rice surrounding the curcuma.
I saw my rhizomes crushed into dust, enough
to steady blood in a child’s nostril,
to take away the pain in an old man’s stomach.

I imagined my destiny thwarted
becoming flour for a family’s bread
and I dreamt myself once more human, a star, a fly, simple and eternal.
I am the sacred flower among the sacred
because the child Buddha took his first steps
where my ancestors were born.

In my dream-not-a-dream I felt
like the waters of Lake Xiopaci
submerged in a journey of no return toward the center of the planet,
in its place a layer of earth was born:
I snuggled in the warm dust.
I felt like the Manchurians arriving with their foreign tongues,
how they were expelled, how they returned.
I felt the passing of the Russian-Japanese War above me.
I listened to the far away sea, its murmur,
that I failed to feel inside my husk,
I knew that my labor as a seed would never break open
in its ascension to the light.
I felt, well, that
my hour was almost here.

Unbending from a deep dream isn’t so difficult
for someone who has spent a whole life waiting.

The hidden side of hope is one’s reaction to it.

I felt the presence of Ichigo Oga, caretaker of lotuses
and I knew my hour was near,
there is no time frame that doesn’t complete,
nor chaos that isn’t revealed by break of dawn.

He carried me among collected samples
it was the year 1951,
the land in which I slept was now called Palladian,
in the province of Liaoning, China,
before Mao decreed that my birthplace should be cultivated,
long before the city was converted into a tourist center.
The Holocene continued:
the rulers of Indian had died,
the Arabs had been expelled from the Iberian Peninsula,
the volcano complex was sleeping on the other side of the globe
and two centuries before Linnaeus had rebaptized me
Nelumbo nucifera
in a language no longer spoken
in a part of the world I’d never heard of.

That was just the beginning
of my leisurely walk to the light.
Dr. Lotus passed me on to Dr. Mary Beth.
I knew then that my time was getting close.
I saw the sea and the United States;
it’s not to say I saw them, because I continued in my dream-not-a-dream.
I was transported in a glass container,
wrapped like a precious stone
between gasses and disinfected cotton.
I traveled miles and miles by land and air,
soared above the waters,
I know, I’m repeating myself but my time had almost come,
me, a total agent of my history.
It’s said I flew over the Atlantic,
from Chinese dream to American dream,
from my seed dream to the dreamers of the future.
I’d be lying if I said that I went to Hollywood,
on the contrary, I became very familiar with the lab
where men in white coats placed me
over the most pathetic lake I have ever seen.
A type of square, metallic container
under a falling gush of water
where they tossed various seeds
only some which floated,

I happily passed the buoyancy test.

After this they took,
with precision and care
a tiny part of the pericarpic sheath.
I felt deceived
to see how easily
they cut my outer track
of impenetrable layers and palmitic acid.
With luck and a tiny instrument capable of slicing
my green flesh was transposed
the molecular spectrometer cast out:
1288 years of radiocarbon.

“What are years?”

And so my plumule
felt the call,
in other words
I wanted light;
to be exact
a space between the cotyledon opened.

I wanted light from the sun,
but also from the camera that photographed me:
pure flower, transparent rose,
for an important magazine
before my day grew exhausted.

Almost 3 thousand years
of waiting so that the conditions were ideal.
I crossed my membrane,
two continents, the sea, and innumerable ports.
Before the eyes of astonished scientists
I grew robust,
that’s what they said: “robust.”
The monks weren’t around to celebrate my transience
in their perfect and sacred tongue
but perhaps they contemplated me
together with Buddha
and the millions of readers of Life Magazine, page 60,
between an announcement of forged glass containers

that best preserve foods
and the other, of electric clocks,
adaptable to any corner of the house.

English translation by Corinne Stanley

Published by bilingualborderless

Bilingual/Borderless poetry

2 thoughts on “Epic of a seed by Diana del Ángel/ Épica de la semilla por Diana del Ángel

  1. “Waiting is my art.” What a perceptive statement! A beautifully written poem. In my mind’s eye, I can visualize the birth of a nation.

    Like

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: